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Una muerte racional PDF Imprimir E-Mail

Cierto es que a lo largo de los tiempos el hombre se ha preguntado y se pregunta por muchas cosas. Se ha preguntado por el origen del cosmos, por el origen de su vida, por lo espiritual y lo material, por lo mortal e inmortal, entre otras. De todas las cosas sobre las que el hombre se ha preguntado lo que más me llama la atención es que todas las ha presenciado salvo dos: lo espiritual y lo inmortal. ¿A que se deberá eso?

El hombre presencia el cosmos, presencia la vida, presencia la materia y presencia la muerte, y se pregunta por ello. Pero ¿por qué se pregunta por lo que no ha presenciado?

Fabula, crea el mito, para justificar aquello que no puede testimoniar con los sentidos y por ello la mitología va acotándose a medida que la razón y sus investigaciones muestran lo oculto. Es el espíritu, probablemente, una reminiscencia mítica de otras épocas menos racionales que aun persiste y lo hará por largo tiempo. Lo que no siento, lo que no es clara materia, es inmaterial, es espiritual. Y tiene lo espiritual dos grandes representantes: la mente y el alma.

Es lo mental, espiritual, lo que genera mi cerebro en tanto no se muestren los procesos cerebrales, en tanto no se vea su materialidad. Lo que hoy es mente, mañana será función de la materia cerebral. Lo espiritual resulta de la incomprensión.

Es también lo espiritual una conexión con la inmortalidad. Otro espíritu, el alma, conecta la necesidad humana de no ser mortal: muere nuestro cuerpo, materia, pero no nuestra alma, espíritu. Un deseo causado por miedo, por miedo a la muerte. Por miedo al desconocimiento de la muerte. Pero, ¿es miedo o incomprensión de la muerte? ¿Por qué - nos preguntamos- hemos de morir nosotros como vulgares animales? Nosotros los racionales, los únicos – creemos- libres, presuntamente, del universo. Entonces recurrimos a la fabulación, al mito, e ideamos un Dios (al mismo Arquitecto de todo cuanto vemos y cuanto no vemos) y nos erigimos en el animal de su elección, basando nuestra racionalidad en un mero préstamo con intereses de éste en forma de espíritu, el alma – como algo desgajado de su esencia y que ha de ser eterno como él, sin límites de tiempo como lo material-. Somos parcialmente inmortales y nos reconforta engañosamente para aguantar el dolor de la vida y de la muerte.

El hombre de hoy, ecosistematizado, debe dar respuesta a su vida y a su muerte sin arrogancia sobre lo demás y ha de entender su muerte como el fin de un ciclo que se repite saciantemente en la naturaleza.

La inmaterialidad de Dios - Dios como espíritu puro- es también resultado de nuestra incomprensión. Al ver sus actos pero no a él, lo fabulamos como espíritu – al igual que hacíamos con los procesos cerebrales a los que llamamos mente y con las cosas cuya materia no sentimos. Dios, un Arquitecto existe, tal vez en una dimensión no alcanzable por nosotros, o tal vez es producto de un proceso mental.

Aquí están los ingredientes. Que cada uno los mezcle- no como una ensalada de cosas confusas e inconexas, sino conexas- y digiera. Ahí va una receta: Mientras llega la mostración y demostración de los procesos mentales – que aclararan muchos mitos - perdamos miedo y soberbia ante la muerte, y entreguémonos a ella de la mejor forma posible: racionalmente – aceptándola como fin de ciclo de los elementos vivos de un ecosistema y luchando contra lo más penoso de ella, el dolor-.

 

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