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Objeciones a la clasificación de los trastornos mentales PDF Imprimir E-Mail
 
 
El hombre es proclive a la clasificación.
La clasificación le sirve de ayuda para organizar el conocimiento y le viene sirviendo desde que éste – el conocimiento- se instaló con peso trascendente como necesidad del cerebro para la hominización.
Antes, durante y después de la hominización, el hombre, agrupa los elementos comunes que observa y los ordena en clases, los clasifica. Grandes rendimientos han dado las clasificaciones al hombre a lo largo de esta gran aventura, no del todo indeterminada al parecer, que es la vida.
Clasifica libros, clasifica accidentes geográficos, clasifica elementos químicos de la naturaleza, clasifica el trabajo…y llega a clasificar incluso a los animales que observa objetivamente. Pero tiene un tropiezo en sus escudriñadas clasificaciones: fracasa al intentar clasificar al animal más próximo a su esencia, al otro hombre, a ese que puede observar por fuera pero que se resiste a que los sentidos ajenos le penetren. En el otro, su mismidad, es inescudriñable. De este otro solo conocemos lo que él nos cuenta. Ni siquiera el rostro del otro, ese enigma que a veces queremos vencer, es clasificable ya que actúa como la guardia pretoriana de la mente y la defiende. El otro siempre miente, por acción u omisión – no decir o no hacer lo que se espera que se diga o se haga es una forma de mentir - y ante esto, del estudio indirecto – estadistificado - , no se obtienen resultados coherentes.
Quiere el hombre clasificarse y clasificar al otro con unas identidades que no están a su alcance. Ni tan siquiera la propia está libre de la mentira, del autoengaño.
 
Viene este exordio sobre las clasificaciones a presentar un trasfondo que hay que iluminar, el de la menos valiosa de todas las clasificaciones humanas: ‘la clasificación de los llamados trastornos mentales.
Parto de la base de que ‘trastornado’ es un concepto que nos afecta a todos y a todo, y que en el trasfondo que nos ocupa lleva implícita la alteración de la normalidad de los procesos mentales, y para éstos todavía no se han combinado genes en un cerebro pensante – y si se ha dado no se ha hecho conocer- que defina lo que es la normalidad de un proceso cerebral si no es acudiendo subjetivamente a los estudios indirectos de la estadistificación.
En la patología humana solo es clasificable lo objetivable lo que se denomina físico u orgánico, de  estructura conocida,  que puede percibirse mediante los sentidos clásicos. Lo mental, lo que no se puede objetivar por nuestros sentidos, no se puede clasificar porque no se conocen las estructuras de sus procesos.
Existen numerosas ventajas derivadas del conocimiento de los trastornos físicos clasificados para la práctica de la medicina. No obstante, igualmente, de la bastardía de la espúrea clasificación de los trastornos mentales el clínico se puede beneficiar para no andar nomadeando por parajes muchas veces esteparios de una vegetación de síntomas raquíticos y resistentes a los ambientes extremos. Pero de ahí a considerar a este encajonamiento y encorsetamiento de los síntomas - más parecido a la recuperación de los enseres tras una riada en cajas, canastas y recipientes varios pero escasos – como una clasificación, es presunción de saber mucho de un cerebro del que más que poco conocemos muy poco.
La psiquiatría USA , excepciones las hay, se siente exégeta de las anomalías de la mente, sin haberlas objetivado -y en muchos casos sin haber estudiado los procesos mentales-, y se erige en la especialidad del síntoma mental (como lo fue de la tos el tisiólogo) editando periódicamente su Biblia (los DSM) y le da a su práctica una orientación biblista, a esa especialidad que debería estar integrada en la jerarquía de las  neurociencias y dentro de ella subordinada a la neurología (cabe decir lo mismo de la psicología clínica – otra especialidad biblista del DSM-).
Especular es bueno para la filosofía y gracias a sus teorías se ponen primeras piedras de algunos posteriores estudios científicos. El método clínico –deductivo- de la neurología - más representativa del cerebro que otras- consiste en ir del síntoma al síndrome y de éste, localizando la alteración topográficamente, a la entidad patológica (que se objetiva o que  hay que objetivar). Este método muestra el mal allí donde esté y le pone nombre –aunque el apellido se quede en expósito- .Y no como hace gran parte de la familia de la psiquiatría y la psicología que tras el síntoma ojean en el cajón de la ‘riada’ (de la riada de síntomas mentales de innumerables trastornos) y llenos de subjetividad clasifican y tratan muchas veces lo intratable (por desconocido).
Tratan el síntoma (la depresión por ejemplo con antidepresivos) como si una neumonía que se expresa con fiebre recibiese como único tratamiento una aspirina para bajar la fiebre sin recurrir a los antibióticos y sin ver si existe una causa subyacente que la origine.
La técnica avanza y mediante algunos métodos de estudio se objetiva el mal y donde se produce, pero muestra solo el mal físico (objetivo), restando estudios aun para detectar el mal mental (no físico, subjetivo, espiritual desde todos los tiempos y aún sin localizar). Llegará. Otros tiempos lo verán.
Mientras llegan esos tiempos, unos tiempos no tan efímeros ni tan fugit como nuestras vidas - unos tiempos resultantes de los asentamientos de otros previos- clasifiquemos lo objetivable ( lo material, lo cerebral) y busquemos lo no objetivable para objetivarlo (lo mental, lo subjetivo, lo espiritual) que seguro que existe físicamente, ya que si se muestra, existe, y si es, tiene materialidad, como el Arquitecto, que se muestra y debe estar en alguna dimensión a la que nuestro cerebro hoy no alcanza conocer. Llevamos XXVI siglos de historia escrita y hemos conocido muchas cosas, de algunas incluso sabemos, de otras seguimos estudiando para saber. No clasifiquemos lo que no conocemos. De la nada se obtiene la nada. Lo no conocido se encuentra buscando.
 

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