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El ocaso de la psiquiatría PDF Imprimir E-Mail

Reproducción del editorial de la Revista Neurología (Publicación Oficial de la Sociedad Española de Neurología, volumen 7, número 8, Octubre 1992)

Las causas que determinan la existencia de una es­pecialidad en el vasto universo de la medicina son extremadamente variables y, en general, surgen como resultado de la división del trabajo, la espe­cialización que conlleva la evolución de la ciencia sobre todo, el crecimiento expansivo e inabarcab­le del conocimiento médico. Puede ser el ámbito de la patología dependiente de un órgano como la cardiología, un sistema como la neurología, una en­fermedad prevalente como la tisiología, el subcon­junto que marca la edad como la pediatría o la des­treza en el manejo en técnicas diagnósticas como la radiología. En el caso de la psiquiatría su ámbito es singular pues lo define el síntoma, el síntoma mental. La mayoría de estas parcelas de la medicina muestran sin embargo un rostro cambiante, y han sufrido acomodos y desplazamientos de diverso tipo, sobre todo con el advenimiento de nuevas dis­ciplinas, y es rara la especialidad que en su naci­miento o en su devenir no ha sufrido cuestionamien­tos diversos. Es obvia la razón de la desaparición de la tisiología, por ejemplo. También razones ajenas al propio contenido determinan en ocasiones la su­pervivencia ficticia de alguna especialidad. Tal ocu­rre con la necesidad de acunar en textos normati­vos los nombres de las especialidades, permanecien­do la designación aunque la vigencia se haya debilitado. O razones políticas. Es harto conocida la intencionada marginación que tras la guerra civil es­pañola sufrió una especialidad que había adquiri­do un extraordinario prestigio como la neurología: sin apenas presencia hospitalaria a causa del ávido colosalismo de la neurocirugía también le fue ne­gada la entrada en las universidades por el exclusi­vismo casi familiar de la psiquiatría. El término «neu­ropsiquiatría», como una huella «legal» de aquel glo­rioso pasado prebélico ha sobrevivido hasta hace pocos años en asistencia primaria (1).

En esta visión dinámica de las especialidades, la situación de la psiquiatría es singular; desde aquellos que reclaman su reencuentro natural con la neurología (neuropsychiatry again)1 , a otros más radica­les que interpretan sus recientes intentos de redefi­nición («psiquiatría biológica» entre otros) como gestos agónicos que anuncian su disolución. La psi­quiatría se definiría como aquella rama        de la medi­cina que estudia las enfermedades mentales. O me­jor -y de forma más kraepeliniana-, aquella espe­cialidad que se ocupa de las entidades morbosas ca­paces de generar alteraciones en la esfera mental. Estas delimitaciones, claras en apariencia, encierran conceptos, sin embargo, que enturbian su conteni­do. En efecto, el síntoma -en este caso el síntoma mental- como criterio unificador y valedor de la es­pecialidad con independencia de la estructura alte­rada (en contraposición de lo que ocurre en la car­diología o en la neurología, por ejemplo), es sin duda una excepción aunque se trate de un mundo tan variado y complejo como el de la mente, y aun­que el mundo sindrómico de «la locura» posea una proyección social, o asocial, e institucional tan am­plia. En definitiva, y simplificando, ser especialis­ta en «tos» antes que neumólogo. La multiplicidad de estructuras corporales que de forma indirec­ta -mediadas por el sistema nervioso- pueden originar síntomas mentales (la narcosis carbónica, el delirio de los alcohólicos o el miembro fantasma del amputado, por poner unos ejemplos) demuestran además la imposibilidad de apoderarse del síntoma mental como sustentador de una especialidad. La visión sólo de la superficie emergente, sin atender a causas, procesos, estructuras, en definitiva, sin con­siderar que el síntoma no es más que el lenguaje de un órgano enfermo, resulta insuficiente en el con­texto actual de los avances médicos. Con una cierta rigidez pero sobrado de genialidad, esta dificultad nosológica la trató de superar Kraepelin -con éxi­to mayor en la creciente neurología que en la psiquiatría- en su intento de basar la psiquiatría, no tanto en el síntoma o el síndrome psíquico, sino, a semejanza de otras disciplinas clínicas, en la en­fermedad psíquica, entendiendo como tal no una enfermedad de la mente, como después veremos, sino como aquella unidad nosológica que anuda fir­memente el síntoma psíquico a una etiología, un proceso, una anatomía patológica y un desenlace, y que, en fin, permite la individualización de la en­tidad. Por otro lado, aislar el síntoma mental de en­fermedades y estructuras ocasiona no sólo inconti­nencia en el cerco gnoseológico sino también la ilu­sión arcaica de que «la esfera de lo mental» posee una sustantividad propia al margen del cerebro. La historia de la psiquiatría muestra desde Alcmeón de Crotona y el nacimiento de la medicina científica, una dramática dialéctica entre aquellos «somatistas» que tratan de arraigar la mente a la materia cerebral, y otros «animistas» que buscan la liberación del alma de sus cadenas neuronales para observar su vuelo. Está claro que en esta pugna de actitudes reduccio­nistas, las teorías somatistas se han beneficiado del resto de la tradición médica y han mostrado una fe­cundidad mayor. La psiquiatría, además, ha estado al pairo de los modelos filosóficos, y esa tendencia recurrente del alma de elevar el vuelo es propio de las teorías dualistas: platónica, aristotélica (psykhé, el nous poietikos), cartesiana (res cogitans y res exten­sa), tomista (forma sustancial), o las recientes pro­puestas de Eccles y Popper (El Yo y su cerebro, Ma­drid, 1985). Con la eclosión positivista y el culto a las ciencias en el siglo pasado fueron cobrando cuer­po las propuestas monistas. Inicialmente descarna­das («el pensamiento está respecto al cerebro en la misma relación que la bilis con el hígado o la orina con el riñón» [Vogt]), las tesis monistas que no ad­miten más realidad que la materia –materialistas-­han sido condición común en las ciencias desde la Ilustración y se han desarrollado también en la filo­sofía de nuestro siglo. Quizás el pensamiento mo­nista más elaborado y comprometido corresponde entre nosotros a Zubiri -y a su discípulo reciente­mente asesinado, Ellacuría-, el cual dedicó al tema de la relación cuerpo-alma, cerebro-mente, gran par­te de su obra antropológica póstuma (2). Postula Zu­biri: «Cerebro y psique no son sustancias, ni siquie­ra sustantividades unidas son tan sólo momentos de una única sustantividad. No hay unión sino unidad sistemática». Todo lo corpóreo es psíquico y todo lo psíquico es corpóreo. Por ello Zubiri no hablará -a pesar de su monismo-, de materialismo, sino de materismo (Sobre el hombre, Madrid, 1986). Es decir, no existen en sentido estricto enfermedades de la mente como antes señalábamos, sino enfer­medades que cursan con síntomas mentales. Afir­mar que la psiquiatría trata de las enfermedades mentales sin aclarar el contenido de enfermedad mental, puede inducir a confusión. Esta unidad on­tológica entre cerebro y mente, no implica natural­mente, una unidad epistemológica. El nivel explica­tivo de lo mental puede ser autónomo, como cuan­do hablamos de la «función normal» del cerebro (neuropsicología) (o de las leyes del movimiento que son independientes del móvil). El conocimiento del lenguaje, por ejemplo, es más fructífero si se hace a través del lenguaje mismo (estructuras sintácticas, lingüísticas, etc.) que a través de la anatomía cere­bral, la neurona, la química, y a la postre, la física (reduccionismo fisicista que diría Fodor). Ahora bien, no sucede lo mismo con el síntoma, con la «función alterada». Para explicar de forma completa la afasia, es indispensable conocer en profundidad la estruc­tura alterada. En los últimos tiempos cuando los es­ponsorios entre el cerebro y la mente parecían bien asentados, se ha producido un nuevo divorcio en­tre la «mente enferma» y el «órgano lesionado», con la irrupción casi exclusivista del psicoanálisis y la psi­quiatna llamada social en la etiología de las enfer­medades psiquiátricas. Esta situación, conjuntamen­te con el desarrollo de la neurología y de las cien­cias cognitivas (neuropsicología), ha precipitado a la psiquiatría a través de una historia plena de so­bresaltos hasta un punto crítico en que es dudosa la posibilidad de retorno. Analicemos el proceso. En efecto, la psiquiatría francesa del siglo XVIII y su es­ fuerzo por ordenar la patología psiquiátrica de for­ma semejante a las otras ramas de la medicina (Pi­nel era médico internista), y la vigorosa aportación neurológica de la «neuropsiquiatría» alemana de la segunda mitad del siglo XIX parecían haber marca­do el camino cierto de la psiquiatría de forma defi­nitiva. Pero la aparición de un neurólogo vienés, puro y duro, gran conocedor de la neurofisiología y neuroanatomía alemanas, así como de la clínica francesa, distorsiona el rumbo elegido. Entre 1888 y 1893, Sigmund Freud recibe el encargo de Char­cot (el cual también era médico internista) de com­parar las parálisis motrices orgánicas e histéricas. Tras un análisis semiológico de extraordinaria finu­ra y que anunciaba a un poderoso renovador anatomoclínico, Freud concluye: «... afirmo yo que la le­sión de las parálisis histéricas debe ser completa­mente independiente de la anatomía del sistema»2. Se había dado el primer paso de la gran aventura intelectual del psicoanálisis. Guardando el cerebro celosamente sus secretos, y no encontrando una ex­plicación inmediata, el alma se separa del cuerpo, si bien esta vez cargada de conflictos tenebrosos. En un principio limitado a círculos relativamente mar­ginales, el movimiento psicoanalítico -con grandes diferencias internas, como no podía ser de otra manera- va superando resistencias, sobre todo tras la favorable acogida de un país sin tradición neurop­siquiátrica, como los Estados Unidos. En la década de 1950, con notorias excepciones-, la psiquiatría abandona gran parte de su cuerpo científico a ma­nos de la neurología y acepta de forma crédula y acrítica lo que ha llamado Lipowski, la brainless psychiatry3 (3). Sería injusto despachar en unas lí­neas las aportaciones del psicoanálisis al mejor co­nocimiento del hombre y del mundo. Y también del enfermo: la conveniencia en aproximarse a su bio­grafía ha enriquecido la relación médico-enfermo y ha permitido la conciencia de todos los sanitarios en la visión integral del enfermo (4). Pero en lo que respecta a la enfermedad, en su conjunto es aplica­ble la crítica hipocrática a los que consideraban a la epilepsia la enfermedad sagrada: «Acerca de la Ila­mada enfermedad sagrada a mí no me parece que sea en nada más divina que las demás enfermedades, ni más sagrada, sino que tiene también una cau­sa natural... A mi parecer aquellos que por primera vez hicieron sagrada esta afección eran lo mismo que los actuales magos y purificadores»4. En la dé­cada siguiente, la psiquiatría sigue abandonando su carga, correspondiendo a la tendencia altamente ideologizada de la psiquiatría social (5). El énfasis en la prevención, la denuncia de la desigualdad social y de la manipulación del enfermo psiquiátrico con­ceden a la psiquiatría social una especial dimensión ética y una proyección mayor en terrenos extrapsi­quiátricos. Pero se había superado el punto crítico. La psiquiatría pugnaba consigo misma (antipsiquia­tría) y en el desconcierto «psychiatry rides madly in all directions»5. La psiquiatría misma se había vuel­to loca. Tras unos años de penitente silencio (6), se plantea en la década de los setenta la necesidad de «remedicalizar» la psiquiatría y poder superar la crisis3, el imperativo de que se retomen los fecun­dos métodos de la tradición médica. Un psiquiatra atento y lúcido en nuestro país proponía en esas fe­chas un plan de viabilidad: «La investigación somá­tica es el único camino para la edificación de una psiquiatría de base científico-natural, es decir, que plantee la historia natural de la enfermedad» (Casti­lla del Pino, Vieja y Nueva Psiquiatría, 1971). A esta llamada la mayoría de los «nuevos psiquiatras» se movilizan, y se redescubre el cerebro «con venga­za»3. Los psiquiatras conversos reivindican el cere­bro y se repiten las proclamas: «el cerebro es el ór­gano de la psiquiatría»6, o se hace un llamamiento hacia la vuelta a la neuropsiquiatría1. Se pasa de la sacralización de la mente a lo que Nissl llamaba «la mitología del cerebro», de la «brainless psychiatry» a la «mindless psychiatry». Pero quizás la reacción llegaba demasiado tarde. La neurología, aliada o no a la psiquiatría, había demostrado una gran pujan­za, y en sus haberes había incorporado todo el bag­aje de la vigente medicina. Ya Thomas Willis (1621­-1675), considerado el primer neurólogo clínico, comienza a expurgar de maleza la inextricable selva de la enfermedades llamadas mentales. Aísla la mias­tenia grave y la parálisis general progresiva, y trasla­da el origen de la histeria del útero al cerebro. Esta labor positiva con la que debutaba la neurología clí­nica se ve potenciada por hallazgos sucesivos, a to­dos los niveles, de las ciencias neurológicas en los últimos cien años. El listado es inagotable: Ramón y Cajal, Golgi, Rio Hortega, Sherrington, Jackson, Charcot, Babinski, Broca, Wernicke, Fritsch, Hitzig, Fleschig, Penfield... La neurología recoge la patolo­gía que la psiquiatría o la neuropsiquiatría «kraepe­liniana» le cede (7). Si uno revisa el contenido de los tratados clásicos de psiquiatría  clínica como el de Bleuler se observa que cerca de las tres cuartas partes           de la patología son asumidas en la actualidad, sin ser cuestionadas, por la neurología. En los modernos tratados­ de neurología quedan asentadas de forma definitivamente estable «enfermedades men­tales» como la epilepsia, la demencia o la parálisis general progresiva (enfermedad ésta que represen­taba el 30 % de internamientos psiquiátricos durante el siglo pasado). Algunas entidades paradigmáticas de la psiquiatría como la esquizofrenia, parecían re­sistir una explicación neurológica, y permanecían en las consultas e instituciones psiquiátricas (8). Pero los hallazgos de los últimos años son contunden­tes. Un reciente editorial de una prestigiosa revista neurológica y psiquiátrica comenzaba de esta ma­nera: «El haber olvidado que la esquizofrenia es una enfermedad cerebral constituye una de las grandes aberraciones del siglo XX»7. La evidencia de transmi­sión genética -aunque no corresponda a un mo­delo simple mendeliano-, la preferencia lesional neuropatológica y neuroquímica por el lóbulo tem­poral izquierdo, la presencia de signos neurológi­cos y cognitivos difusos, o los patrones metabólicos hipofrontales nos hablan de un cerebro severamente afectado7 (como instruyera Griesinger hace más de un siglo). Los avances en la identificación de los neu­rotransmisores y neuromoduladores, está permitien­do comprender en parte la biología de los trastor­nos afectivos y de la histeria. El descubrimiento de factores inmunológicos en el síndrome de fatiga cró­nica -incluido antaño como neurastenia- o en los ataques de pánico, el hallazgo de anomalías cere­brales en muchos trastornos del desarrollo próximos a las psicopatías, el establecimiento de un dimor­fismo sexual en el cerebro, la presencia de signos neurológicos en algunos tipos de homosexualidad, etc., son ejemplos de como las hipótesis somatistas van ocupando los últimos territorios. La elaboración del DSM-III a mediados de los años setenta ha re­presentado un serio intento de restablecer el orden medico tradicional en las enfermedades psiquiátri­cas. A pesar de los lastres que heredaba y que se han aliviado en parte en ediciones posteriores, la­menta el retraso que han sufrido en su conocimien­to algunas enfermedades. Por ejemplo, reconocía ig­norar la historia natural de la neurosis histérica. Poco se ha avanzado desde el punto donde dejó el tema Charcot, o mejor, su discípulo, el neurólogo Freud, hace cien años. Pero la neurología no sólo ha ido incrementando sus capítulos, dotándolos además de contenido etiológico, patogénico, anatomopatológi­co, clínico, etc., también sus aportaciones al cono­cimiento y valoración del sistema mental son deci­sivas. Cuando el 18 de abril de 1861 un cirujano en este caso, Pierre Paul Broca, sube al estrado de la Sociedad Antropológica de París, y comunica los ha­llazgos de la autopsia que él mismo había practica­do al paciente Monsieur Leborgne -también apo­dado Monsieur Tan, pues éste era el único monosí­labo que podía expresar-, se inicia el abordaje del síntoma mental desde una referencia sólida (9). El localizacionismo, con sus excesos (Kleist), sus limi­taciones explicativas (presencia de casos negativos, aparición de síntomas nuevos no deficitarios - Jackson-, o la rareza de determinados cuadros como la afasia en los niños) y no siempre inconta­minada de ideología (10), actualizaba, según el tra­dicional proceder anatomoclínico, las intuiciones del «frenologo» Gall (1758-1828), en el sentido de que el cerebro aloja áreas específicas para facultades es­pecíficas. Las aportaciones clínicas se sucedieron, in­cluidas las del propio primer Freud en la afasia, es­tableciéndose de forma firme, la doctrina de que el síntoma mental corresponde a una disfunción loca­lizada en el cerebro. Pero el camino fue arduo. La multiplicidad sintomática y cerebral generó mode­los de actuación progresivamente mas complejos. El clásico esquema de la campana de Charcot, que trata,de unificar comprensión auditiva, lectura, es­critura y verbalización se mostró pronto insuficien­te. La pluralidad de afasias, apraxias, agnosias, am­nesias, amusias..., y demás disociaciones dobles pro­vocó un cierto caos terminológico y funcional. Los neurólogos eran incapaces, a pesar de sus pioneros intentos, de ordenar las funciones cerebrales en mo­delos que permitieran una mejor comprensibilidad del síntoma. El desarrollo de la moderna neuropsi­cología cognitiva se encargará de ello. Liberadas del reduccionismo conductista, sin aceptar el dualismo de la psicología clínica, ni romper con la visión ma­terialista propia de las demás ciencias, la neuropsi­cología cognitiva está logrando identificar modelos innatos de comportamiento mental (competencia y actuación), cada vez más consistentes y completos que permiten ser aplicados con más rigor a la pato­logía cerebral8. La alianza entre la neurología y la neuropsicología es reciente, pero los resultados se van multiplicando de forma acelerada. El círculo del síntoma mental parece quedar cerrado.

Así las cosas, ¿dónde debe situarse la psiquiatría después de la «desastrosa separación del cuerpo y el alma»?9. Grinker no disimulaba su desconcierto cuando se preguntaba con crudeza; «¿nos queda algo propio?»'. ¿Abandonar el universo del síntoma mental y centrarse, quizás, en algunas enfermeda­des concretas como la esquizofrenia -no tanto por sus síntomas como por su prevalencia o su dimen­sión social e institucional-, es decir, ser médico de una enfermedad como era el tisiólogo, aceptando en parte la fragmentación y lisis de la especialidad? Los intentos en redefinir la especialidad en eufemis­mos como «psiquiatría biológica» encierra no pocas ambigüedades y choca con realidades en plena pro­ducción como las descritas. Detre argumenta que los futuros psiquiatras han dé formarse sólidamen­te en neurociencias y que la psiquiatría debe pasar a considerarse una rama de la neurología10 . Quizás sea exagerado hablar de «muerte» de una especiali­dad que Reil ensalzaba a comienzos del siglo pasa­do como una de las tres grandes disciplinas junto a la medicina interna y la cirugía, pero el desarrollo de otros saberes y los propios avatares han condu­cido a esta especialidad a una situación comprome­tida. Szasz escribe: «… los psiquiatras se sitúan de nuevo en una encrucijada: deben elegir entre a neu­rología o convertirse en consejeros médicos (non-­medical counsellors)"; algunos autores3, en fin, tra­tan de romper el cerco con declaraciones como la que hacía Adolf Meyer en 1917 en el sentido de que el objeto de la psiquiatría es el «paciente como per­sona» 12 y no tanto el complejo mente-cerebro y su interacción con el medio. La introducción de la ca­tegoría «persona» como una categoría clínica encie­rra nuevamente riesgos de disociación, ideologiza­ción o dependencia dé enunciados filosóficos -que tan gravosos han sido para la psiquiatría en su agi­tada historia-, y por ello es mejor evitarla. Además, porque la consideración del paciente como perso­na no es privativo de ninguna especialidad y nos obliga a todas (11).

 

E. García-Albea Ristol

Sección de Neurología.

 Hospital Universitario Príncipe de Asturias.

 Alcalá de Henares. Madrid.

 

 

 

 

 

 

(1) Es preciso reconocer que la neurología catalana, cuna de la neu­rología española a través de la ilustre saga de Barraquer Roviralta, y más próxima a la neurología francesa, supo mantener la conti­nuidad de la neurología en su comunidad, y evitar en par­te la diáspora de neurólogos tras la guerra civil española.

(2) Urge superar el clásico dualismo mente-cerebro. La elabora­ción de una teoría satisfactoria de las representaciones mentales supone uno de los desafíos intelectuales y científicos de nues­tro tiempo y ocupa además de neurólogos, a filósofos como Bunge o psicófogos como Fodor o Searle.

(3) El ilustre neuropsiquiatra español Dionisio Nieto escribía desde su exilio mejicano: «Todo se explicaba en términos psicogénicos o psicodinámicos, según se dice ahora para explicar el mismo concepto, y todo se trataba de curar por procedimientos deriva­dos de este enfoque, poniendo a un lado todo lo que pudiera significar el cerebro. Afortunadamente no todos sucumbimos en el naufragio tras la fabulosa marea alta del psicologismo». (La obra científica de Dionisio Nieto. Universidad Nacional Autónoma de México, Ed. Adela Nieto, pág. 129). También sobrevivió el prolífi­co y excepcional neurólogo vasco ]ulián de Ajuriaguerra, «el últi­mo neuropsiquiatra».

(4) Freud conocía sobradamente los desvíos metodológicos a los yue conducía su .particular objeto de estudio.. Freud escribía: .Me causa singular impresión comprobar que mis historias clí­nicas carecen, por decirlo así, de un severo sello científico [...]p.

(5) La psiquiatría, dado su objeto de estudio, ha sido siempre vul­nerable a las ideologías. Sirva de ejemplo la que fue llamada «psi­quiatría nacional alemana».

(6) «La psiquiatría ha renunciado a la teorización. (C. Castilla del Pino, Aspectos Cognitivos de la esquizofrenia, Madrid, 1991).

(7) Justo antes de ocupar Kraepelin la Cátedra de Neurología de la Universidad de Berlín fue rechazado Oppenheim, dada su con­dición de judío. Oppenheim era, contrariamente a Kraepelin, un neurólogo puro.

(8) Dionisio Nieto que realizó aportaciones decisivas en la anato­mía de la esquizofrenia escribía en los años cuarenta: .el proble­ma de las grandes psicosis ha sido evidentemente mal interpre­tado y ha determinado que en los últimos decenios muchas co­rrientes psiquiátricas han gozado de gran preponderancia al apoyarse en la ausencia de lesiones cerebrales en ciertas psi­cosis».

(9) La descripción princeps de Broca comprueba que: «... el ló­bulo frontal del hemisferio izquierdo está reblandecido en la ma­yor parte de extensión, las circunvoluciones del lóbulo orbitario, aunque atrofiadas han conservado su forma, la mayor parte de las otras circunvoluciones frontales están destruidas por completo. Como resultado de esta destrucción de la sustancia cerebral se ha generado una gran cavidad capaz de alojar un huevo de palo­ma..., todo permite pues creer que en este caso, la lesión del ló­bulo frontal ha sido causa de la pérdida de la palabra».

(10) La crónica jugosa de Pierre Marie, el alumno más joven de Broca, es significativa: «La localización del lenguaje se convierte en un tema político, la vieja escuela conservadora insiste en con­siderar el cerebro como una máquina que actúa como un solo. Por otro lado los jóvenes liberales y republicanos creen apasio­nadamente que los hemisferios cerebrales albergan partes espe­cíficas para funciones específicas. Las autoridades toman parti­do. La batalla ha comenzado entre el espiritualismo por un lado y el materialismo por otro (ya que este es el nombre que intenta­ban dar a la rama de los librepensadores). Se han levantado las pasiones políticas también entre los estudiantes como si la loca­lización formase parte de un credo republicano».

(11) Dionisio Nieto también se prevenía de desviaciones semejan­tes, como la de «ciencia de la conducta»: «Si se aplica tal concep­ción se pierden todos los límites y todas las fronteras, es decir, no hay definición».

 

BIBLIOGRAFÍA

1. Calne ED, Joydt RJ. Neuropsychiatry... again. Arch Neurol 1986: 43: 325-327.

2. Freud S. Estudio comparativo de las parálisis orgánicas e his­téricas. Obras Completas (Vol. 1). Barcelona, Ed. Orbis,1988;19. 3. Lipowski ZJ. Psychiatry: mindless or brainless, both or neit­her? Current Contents 1990; 1: 410.

4. Grim JFC. Hippocrates Werke. Glogav, Ed. Lobe, 1938; 211. 5. Grinker RR. Psychiatry rides madly in all directions. Arch Gen Psychiatr 1964; 10: 228-223.

6. Emphasis on brain takes psychiatry on exciting path. Psychia­tric news, 5 August 1988.

7. Ron MA, Harvey I. The brain in schyzophrenia. J Neurol Neu­rosurg Psychiat 1990; 53: 725-726.

8. Fodor JA. La modularidad de la mente. Madrid, Ed. Morata, 1986.

9. Whitehead AN. Modes of Thought. Londres, MacMillan Ed., 1938; 241.

10. Defre T The future oí psychiatry. Am J Psychiat 1987,144: 621­625.

 

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Moderada por Myriam García Mantenida y actualizada por Xavier Allueva