Los contrarios los tenemos, las virtudes hay que conseguirlas
 
 
 
 
Ya en la Antigua Grecia y en la Antigua Roma  se valoraban las cosas y sus contrarias. Hasta sus dioses eran para una cosa y para su contraria. Y es contraria la que se opone a otra por cualidad y no se puede poseer a ambas. 
La virtud aristotélica mantiene el equilibrio de los contrarios, en el término medio, como la prudencia que nos conduce con sabiduría por la vida – ese concepto socrático que es saber que capacita para la vida.
Todos los contrarios se albergan en nuestro cerebro pero no todas las virtudes, para estas hay que ser sabio y la sabiduría debe conseguirse con la autoconciencia de nuestra inteligencia. Creo que me quiero referir a un estado virtuoso global, ya que los virtuosismos se dan en los humanos conjuntamente con innumerables contrariedades. Amamos u odiamos pero con ambas podemos ser virtuosos en la ejecución de cualquier técnica, sea o no arte.
 
Teorizo sobre la idea de que el cerebro humano alberga la posibilidad de todos los contrarios, y solo de la facultad natural y adquirida de la relación sabia con el ambiente intracerebral (homeostasis) y extracerebral debe proporcionar ese estado virtuoso de saber conducirse en la vida, al margen de la posibilidad de desarrollar algún virtuosismo. Y que la pérdida transitoria, aunque sea recidivante, del prudente equilibrio no desvirtúa nuestra mismidad. Un estado virtuoso del ánimo es aquel en que ni está exaltado y que a la vez no está deprimido. Saber moverse por esa banda ancha entre la exaltación y la depresión del ánimo se puede considerar como un estado virtuoso. Si el humano se deprime al igual que si su ánimo se exalta no es castigado por la ley. Sus acciones, aunque desmedidas, serán consideradas como consecuencia de algún mal que sufre y nadie juzga conveniente apresarle salvo que su exaltación -próxima a la manía- o su depresión -próxima a la ideación de autolísis- sugieran al juzgador un riesgo para la vida del exvirtuoso del ánimo o para la de los otros.
 
Se me ocurre otro par de contrarios, el de amor y odio. Alguien puede pensar que es posible amar y odiar a la vez. Que se puede amar al vecino del B y odiar al otro, al del C . Yo, que no estoy convencido de que sea posible esta dualidad ‘al unísono’, si lo estoy de que no hay juzgador alguno que quiera apresar al que amando también odie – es una suposición esta unisonía- . Odiar sin acciones motoras, solo de intención - de modo premotor (aunque las omisiones están siendo castigadas)- no se considera delito ni en los más obsoletos tratados de leyes.
 
Considerados los dos anteriores ejemplos de contrarios, un tercero podría arrojar luz sobre la inobjetividad de las conductas solo observables por las acciones (aunque hay quien se atreve a hacerlo en base a las omisiones), y me refiero al par de contrarios que se constituye por la agresividad y su ausencia. Este par de contrarios enfrenta la naturaleza humana en un doble aspecto: la agresividad estructuralmente localizada en el cerebro primitivo que forma parte esencial de nuestra animalidad, y su ausencia, bello ejemplo de la hominización prudente. Una pugna entre la animalidad racional y la racionalidad animal.
 
Nadie ve lógico que en ausencia de agresividad, mates al otro – expresión extrema de la agresividad – y retomes el equilibrio prudente que caracterizaba tu identidad. Menos aún, que tu yo agresivo lo sea recidivante. En este segundo y en el primero de los casos, los más gruesos barrotes privadores de una compatibilista libertad caerán entre la mismidad del agresor y el mundo agredido, trayéndole al paire al juzgador que ese humano haya recobrado el equilibrio entre contrarios o no y que esos barrotes solo miren hacia afuera dejando a sus espaldas un conjunto de desequilibrados en éste o en otros pares de contrarios. ¡A la prisión como solución! 
 
La ciencia y algunos de sus técnicos, médicos, tratan las contrariedades del primer par. La sociedad en general y la ciencia en particular miran a otro lado al paso del amor y el odio. Pero la agresividad, o mejor la pérdida de su ausencia, naturaleza animal sin y con racionalidad,  no recibe más atención que la privación de la libertad – siendo la pena de muerte la solución final en las más bárbaras civilizaciones- .
 
No quiero inducir a pensar que no haya que proteger al uno de la agresividad del otro, pero si que la ciencia debe mediar donde solo median juzgadores y prestar ayuda a los desequilibrados de estos contrarios. La prisión es necesaria, a veces, pero no suficiente.
Veintiséis siglos de historia han mejorado muchos aspectos de nuestra vida racional pero otros se retrasan en manos de políticos y jurisperitos.
 
Y ahora retomando el posible intento de discusión que algún lector hiciera a la segunda contrariedad expuesta, le digo ¿Ve como no se puede odiar y amar al unísono?
Y es que los contrarios son fáciles de poseer, pero las virtudes, lo que se dicen virtudes – el equilibrio prudente del saber conducirse en la vida socrático-aristotélico – son difíciles de alcanzar. El tiempo, el tiempo de nuestras individuales vidas es demasiado fugit. Otros, no nosotros, privilegiados por el asentamiento de los individuales tiempos gozarán de esos logros que hemos deseado y para los que fuimos prematuros a su materialización.  

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