Myriam
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« en: 19 de Agosto de 2010, 04:29:59 » |
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20 JUL 10 | La verdad y otras mentiras La estupidez o la nobleza no proceden de los diplomas. "Jagua"
FUENTE: IntraMed
A Izaguirre le gusta que lo miren. Disfruta cuando la atención de los demás se concentra en él. Cree que debe estar en el centro de cualquier escena aunque no tenga ningún mérito para ello. Camina por los pasillos del hospital buscando algún grupo que pueda sumarse al culto que supone que todos deben profesarle. Es elegante, maduro, huele a colonia inglesa. No puede borrar una sonrisa inmotivada de su cara. Imagino que ese gesto festeja la opinión que tiene de sí mismo. Una celebración permanente que se ofrece en su homenaje. Usa un guardapolvo impecable, almidonado, con bolsillos verticales y con su nombre bordado en grandes letras azules sobre el pecho. Lleva un estetoscopio con campana y membrana colgando alrededor del cuello. He comprobado que no tiene la menor idea de para qué podría servir un instrumento como ése. De todos modos nunca tiene la oportunidad de usarlo ya que huye de los pacientes como de la peste. No son ellos quienes podrían darle lo que busca. Y él no tiene nada que ofrecerles. Es un idiota perfecto. Sin dobleces ni contradicciones.
Desde hace una semana asoma su cabeza en la sala de internados mientras discutimos un caso al pié de la cama del enfermo. Se mantiene en silencio durante un rato y luego aplica su estrategia habitual. Escucha lo que dicen los demás, espera algunos minutos, y lo repite como si se le acabara de ocurrir.
El paciente es un hombre anciano y desnutrido que llegó al hospital hace poco más de un mes. Su condición clínica desmejora a diario ajena a los esfuerzos que hacemos para evitarlo. Baja de peso, tiene una anemia progresiva, déficit de proteínas, debilidad y atrofia muscular. Le hemos realizado decenas de estudios en busca de una causa que explique ese deterioro tan acelerado. Los exámenes se acumulan en su historia clínica que ya tiene dos gruesos tomos y varios sobres repletos de informes. Todos empecinadamente normales. En cada oportunidad en que nos reunimos para comentar su evolución quedan descartadas las hipótesis planteadas la vez anterior. Entonces aparecen nuevas probabilidades aunque cada vez más remotas, más infrecuentes, incluso descabelladas. Sólo dos cosas resultan evidentes: el paciente está cada día peor y nosotros no tenemos la menor idea del motivo.
Se llama Hilario Benítez. Tiene más de ochenta años. Fue criado en la selva de la provincia de Misiones en un pueblito llamado Colonia Delicia. Vino a Buenos Aires a los quince años. Llegó solo, corrido por la desocupación y la miseria. Trabajó siempre como peón de albañil aunque él sigue considerándose un campesino. Lo trajeron al hospital sus vecinos alarmados porque notaban que no se encontraba nada bien y él se resistía a hacer una consulta médica. Vive en un galpón donde trabaja como sereno a cambio de que le permitan quedarse en una habitación de chapas donde apenas entran una cama y una mesa desvencijada. Según nos contaron casi nunca salía y por las noches lo escuchaban mantener largas conversaciones en guaraní con su perro. Nunca se queja. Cuando le preguntamos cómo se siente nos responde: -Bien, bastante bien para la edad que tengo. No se preocupe doctor. Nos mira sin comprender nada de lo que decimos en nuestras discusiones y sin que nadie lo mire a él. Analizamos sus radiografías y los resultados de sus análisis de laboratorio encendidos por lo que constituye un desafío diagnóstico. Se ha convertido en un acertijo clínico para todos. Él mismo ha desaparecido detrás la incógnita en que nuestra curiosidad insatisfecha lo ha transformado. Desde entonces lo que sometemos a prueba ya no es a Hilario sino a nuestras propias hipótesis. Izaguirre no para de atribuirse los diagnósticos presuntivos que los demás sugieren. Pero un par de días más tarde, cuando quedan descartados, los rechaza como si jamás se hubiese apropiado de ellos.
Todos quieren y cuidan a Hilario dentro de la sala. Los familiares de los demás pacientes le traen ropa, revistas, alimentos. Como es habitual se teje alrededor del más vulnerable del grupo una red solidaria muy efectiva. Son muy pobres lo que les permite comprender con mayor sensibilidad la dimensión de la pobreza y el abandono de los otros.
Ayer, mientras conversábamos, un frasco de suero infundía una solución dentro de las venas de Hilario. La enfermera contaba la cantidad de gotas por minuto mirando alternativamente su reloj y las tubuladuras. Dos médicos residentes contaron otra vez su historia completa desde el momento en que había ingresado al hospital. Se sucedieron estudios normales, diagnósticos descartados, preguntas sin responder. Por motivos que nadie conoce cada mañana nos encontramos con que durante la noche se ha quitado la aguja de su brazo suspendiendo la administración del tratamiento a través del suero. Izaguirre recomendó atarlo a la cama para evitarlo, pero nadie le hizo caso. La jefa de Nutrición comentó que se le preparaba una dieta especial con más calorías y suplementos vitamínicos. Hilario miraba la bandeja de los alimentos durante un largo rato mientras revolvía la comida con la cuchara. Pero la mucama asegura que siempre la retira vacía. No podemos comprender de qué manera esa alimentación tan cuidada, las infusiones intravenosas y el reposo absoluto, no logran impedir la continua pérdida de peso y la desnutrición calórico – proteica.
Izaguirre aclaró la voz con un carraspeo histriónico seguido de un silencio destinado a convocar las miradas. Extrajo una lapicera bañada en oro de su bolsillo y la utilizó para acentuar sus gestos señalando al aire mientras hablaba. –“Si el aporte de nutrientes está garantizado y no hay pérdidas ostensibles”- hizo una nueva pausa para comprobar que todos lo escuchaban –“Es evidente que se trata de una cuadro de mala absorción”. Se calló con la actitud de quien espera el aplauso que sigue a la interpretación del monólogo de Hamlet. Yo nunca dejé de asombrarme de la habilidad que tenía para decir obviedades con el tono y la gestualidad de quien dice algo trascendente para la humanidad. Algunas personas respondían más a la escenificación que a lo dicho y demoraban algunos minutos en comprender que acababan de escuchar una estupidez. Otros disfrutaban del espectáculo y se sonreían con discreción. Yo nunca logré evitar un deseo furioso de abofetearlo.
Desde hace una semana muchos de nosotros pensamos en el caso de Hilario durante el día, consultamos bibliografía o lo comentamos en los pasillos. Nada nos incomoda más que no encontrar una causa. Toleramos bastante bien la incertidumbre respecto de un tratamiento o la certeza de que no exista ninguno. Pero no saber los motivos de una enfermedad nos inquieta y amenaza nuestra autoestima. Esto no sólo nos afecta a nosotros sino que le impone al pobre Hilario un itinerario cotidiano a través de exámenes a veces molestos y casi siempre inútiles. Esa mañana el jefe del servicio nos convocó a un ateneo general donde discutiríamos el caso. Izaquirre encontró en ello una oportunidad para destacarse. Está ansioso, pasa mucho tiempo en la biblioteca o consultando por teléfono a otros colegas. Si descubre algo antes que los demás podrá distinguirse por alguna otra cosa que no sean su abigarrada mediocridad y su ignorante arrogancia. Pobre, él sueña con papers. Cierra sus ojos y ve la tipografía con la que se escribe su nombre en la portada del Lancet. Historias de aplausos y auditorios con columnas dóricas. Son sueños líquidos e inútiles que se disuelven en sí mismos como poluciones nocturnas.
Anoche me tocaba quedarme de guardia. Me propuse encontrar el momento para ir a ver a Hilario y conversar un rato con él. Me pareció que era necesario comenzar la historia otra vez desde el principio. Dejar las carpetas de estudios normales e internarme sin apuro en la biografía de ese hombre. Un rato antes de cenar sonó mi celular. Era Izaguirre, estaba excitado, eufórico. -¡Es celíaco! Tiene que ser celíaco- Me gritó con la voz entrecortada por la emoción del descubrimiento. Corté sin responderle y no volví a atender ninguna de las muchas veces en que volvió a llamarme. Habíamos descartado esa posibilidad varias veces desde el primer día pero él ni siquiera lo había notado. Después de medianoche decidí subir a ver a Hilario.
Lo busqué en su cama pero estaba vacía. El frasco de suero colgaba desde un pié metálico con la aguja suspendida en el aire y un charco de líquido espeso que se expandía sobre el piso. Casi todos los enfermos dormían. Le pregunté a Manuela, la enfermera. Extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y frunció la boca mientras levantaba las cejas indicándome que no lo sabía. Luego se sonrió y continuó doblando gasas sobre la mesada de mármol. La conozco muy bien y esa sonrisa me hizo pensar que sabía algo que yo ignoraba pero que no pensaba decirme. Decidí dar una vuelta por el hospital. Caminé por los pasillos, busqué en los baños y las escaleras sin encontrar a Hilario en ningún lado. Salí al parque para hacer tiempo antes de volver a la sala. La noche estaba fría y oscura. Me puse una campera que llevaba en la mano. No había estrellas. Apenas se adivinaban los árboles detrás del estacionamiento como una hilera de sombras. Cuatro o cinco gatos revolvían los tachos de basura. Una ambulancia estaba detenida con el motor apagado delante de la sala de Emergencias pero aún tenía encendida la luz giratoria del techo lo que producía una iluminación intermitente sobre el camino de acceso. Las cosas se tornaban rojizas y luego otra vez negras para volver a enrojecer a intervalos regulares. Pensé en un faro y en la soledad nocturna del mar. No podría decir por qué pero tuve la certeza de que había alguien a poca distancia de donde yo estaba. Al cabo de dos ciclos de la luz de la ambulancia identifiqué una silueta. Me acerqué. Antes de que pudiese reconocerlo me habló. –Buenas noches doctor. ¿Salió a tomar el fresco?- Era Hilario, sentado sobre el cordón de la vereda. Me miraba desde abajo mientras con una mano acariciaba el lomo de un perro que comía metiendo el hocico dentro de una bolsa de plástico. La oscuridad acentuaba su delgadez lo que lo hacía parecer un espectro. Esquelético, con los ojos asomando desmesuradamente desde las órbitas y los huesos de la cara prominentes y filosos. Parecía un cadáver. Me senté a su lado. No hablamos durante un rato que me pareció muy largo. El ruido del perro husmeando y masticando el alimento era lo único que escuchábamos. La ambulancia apagó la luz y la oscuridad se hizo completa. Hilario sacó otra bolsa de entre sus ropas y esparció la comida por el piso.
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