gige
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« en: 12 de Agosto de 2010, 11:21:14 » |
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Unos días antes de partir, su viejo amigo le habló de las palabras mágicas, guardianas de lo ajeno y lo prohibido, de lo oculto, en la celda del olvido. Partió indiferente a tal asunto, cargado de maletas y problemas. Marchó con su mujer y con sus hijos, que el tiempo volvió ya desconocidos.
La suerte le hizo dar, en ocasiones, con caminos en desfiladeros, y él, que todo recordaba, advirtió que su memoria le negaba el nombre por el que era conocido un empinado barranco en la alta Huesca, recordaba los nombres de los pueblos y la serpenteante carretera. Pero el sinónimo peculiar que se le aplica, a aquel desfiladero, que tantas veces recorrió, se había esfumado.
Pensó el hombre viendo, que ninguna otra palabra se le hurtaba, que era aquella la mágica guardiana, de la que su amigo le contara. “Abismo, barranco, hoz, cortada”; inútil todo intento de encontrarla: “cañón, garganta, aigüeta, acantilado”; fracasa la memoria tristemente. Ingenuo espera el hombre que el recuerdo del nombre olvidado le reponga el vigor y el amor perdidos con el tiempo. Al no poder hurgar más en su mente, su corazón se vuelve hacia los suyos. Substituye los gritos por arrullos, y la orden feroz por los abrazos. Esto está contado en pocos trazos, valga saber que en cada renovado compromiso, recita en un acaso (cañón, garganta, hoz, desfiladero,…)
De regreso a casa, fácilmente, encuentra en Internet lo que perdiera: “congosto”. No es raro olvidar cosa tan fea. Se ríe de sí mismo y ningunea, sin querer quizá, las palabras de su amigo. No hay magia ninguna en la palabra, sólo el lógico olvido de algo inusual y extraño. Nuestro hombre se queda aquí parado, la mente en stand by, como se dice, hasta sentir a su esposa y a sus hijos que le abrazan. “¿En que pensabas?- pregunta ella – “tan absorto”. Tras un no sé que qué queda en el silencio, blanca la mente como un niño, contesta el hombre: “Os quiero”.
Gige, agosto 2010
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